JUZGAR AL JUZGADOR

Desde hace tiempo, la calificación pública de las labores juzgadoras se ha vuelto tendencia.  Hace un mes, el escándalo llegaba con los interrogatorios que efectuó el Juez Adolfo Carretero en la fase de instrucción del delito denunciado por Elisa Mouliaa contra Iñigo Errejon o el video subido hace escasos días por el cómico Quequé (Héctor de Miguel) sobre su declaración por la comisión de un presunto delito de odio, donde el Juez Carlos del Valle comparaba la plaza de Pedro Zerolo de Madrid con el Valle de los Caídos o el Juicio de Jenni Hermoso contra Rubiales, donde el Juez José Manuel Clemente llamaba la atención a uno de los testigos en su declaración.

Sin embargo, las labores juzgadoras llevan años en el punto de mira de los ciudadanos. Recordemos también la polémica que tuvo en su día el Juez Vazquez Taín en el Juicio de Rosario Porto o Juan Pía en el juicio del Prestige.

Lo cierto es que parece que desde el auge de las nuevas tecnologías y la grabación de las vistas o declaraciones judiciales, el ciudadano ha tomado conciencia de cómo es el engranaje judicial, que como diríamos en Derecho dicho sea con el debido respeto deja mucho que desear, para que engañarnos.

Por desgracia la forma de actuar de determinados Jueces en sala, no es algo que a los que nos dedicamos a este gremio, nos sorprenda. Llevamos años dando instrucciones a los clientes para actuar en sala si nos ha tocado este o aquel Juez, desde maneras de vestir a cómo han de responder a su Ilustrísima e incluso muchas veces, los propios abogados ya acudimos sabedores del trato que vamos a recibir en sala, que ya no les quiero ni contar cómo es en las ocasiones en las que acudimos por el turno de oficio (ese es otro melón a abrir…) Y con ello no quiero que se entienda que recibimos un trato vejatorio, pero sí que nos encontramos con reyes o reinas de su cortijo, que mandan y ordenan en su castillo judicial, lo que tienen a bien, siendo esta forma de actuar extensible al funcionariado que tienen a cargo, los que aguantan carros y carretas en algunos casos.

Y es ahora, cuando ante las faltas de empatía, de tacto, la premura por sacarse de encima un asunto o el lenguaje empleado por su Señoria en Sala, se nos salen los ojos de las órbitas y todos nos escandalizamos, señalando con el dedito acusador a ese Juez o Jueza. El por qué es bien sencillo: porque estamos hablando de personas que se suponen que han tenido una formación superior a la media, ya no en cuanto a conocimientos (cosa que se da por hecho) sino también una formación educacional.

Actualmente estamos en un momento en el que los Jueces han bajado del Olimpo, pasando a ser además de Juzgadores, personas. Todos recordamos aquellas frases de alguien pronunciando con orgullo mi hijo/a es Juez/a. Que sí, que tiene mucho mérito, pero a nivel personal la única diferencia es la categoría laboral, la cual desde hace años ha eclipsado la esfera personal. Por lo que, si tirásemos de lenguaje jurídico, haciendo un símil con la expresión persona se es y la personalidad se adquiere podríamos decir que la personalidad se tiene y ser juez se adquiere.

La cuestión es cómo se han tomado los jueces focalizados esta crítica a sus labores juzgadoras y el resumen, así en forma de spoiler, es que se lo han tomado regulinchi y, me han de perdonar la maldad, pero una pequeña parte de mi alma siente cierto regocijo pensando que por fin hay un poquito de justicia divina y alguien recibe de su propia medicina.

Uno de los jueces cuestionados decía en una de sus declaraciones, que era su forma de trabajar y que no entendía el porqué de tanto revuelo ya que su tono de voz era así. Como argumento, es un poco peregrino porque imaginemos a los chavales de ahora, con la coletilla bro, que el día de mañana en sala le dicen:

Por favor fulanito póngase en pie, BRO.

Que claro, llevan toda la vida hablando así porque es su manera de hablar, pero queda feo.

 Así que como decía Aristóteles: en el punto medio está la virtud. Por lo que, si se me permite la osadía, los juzgadores deberían hallar el equilibrio entre el llamado síndrome del impostor, donde uno se cuestiona todo lo que hace considerando que no es lo suficientemente bueno y el endiosamiento y autoconformismo y si esta tarea fuese ardua la técnica ancestral de ponerse en el lugar del otro, nunca ha dado fallos.


ALBA SOMOZA GONZALEZ- Abogada de EGA Abogados